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Innovación en España. ¿A porta gayola?

El autor reflexiona sobre los indicadores de retroceso de la innovación en España, tendencia que se mantiene desde la crisis financiera de finales de la década de los 2000, e insta a las empresas y a la Administración a reaccionar en la línea de países como China para recuperar el terreno perdido

2021-02-05 Compartir: Compartir en twitter Compartir en LinkedIn
Innovación en España. ¿A porta gayola?
Jared Schwitzke / Unsplash

Para alguien que ha dedicado una buena parte de su carrera profesional a la innovación en España, que ha llegado a acariciar, como Icaro, las estrellas y que se ha estrellado en docenas de ocasiones, es inevitable que llegue un momento en el que te preguntas ¿por qué aquí es tan difícil? ¿Por qué no hacemos más que hablar y no practicamos? ¿Por qué no copiamos lo que sabemos que hacen otros y funciona? Y no me refiero a personas y proyectos. Innovar es siempre difícil. Mer refiero al colectivo.

El verano de 2007, cuando las primeras perturbaciones de la fuerza que estaba a punto de arrasar la economía empezaban a dejarse notar, ese momento llegó para mí. Durante unas jornadas en la universidad Menéndez Pelayo tres años después, cuando aún seguíamos insistiendo en que nuestro sistema financiero era uno de los mejores, cuando el resto de las economías comenzaban a asomar la cabeza y volver al crecimiento y nosotros seguíamos escondiendo la nuestra como el avestruz, presenté por primera vez un cuadro como este para mostrar que la innovación en España no solo no iba hacia delante, sino que iba con freno y marcha atrás. Lo titulé la innovación en España, a vista de pájaro.

Desde entonces lo he actualizado y utilizado de manera esporádica, como mi termómetro particular, y como excusa para alguna que otra provocación. Como por ejemplo, en 2013, cuando la forma de mi diagrama recordaba, con ironía, el perfil de nuestro país, esa piel de toro. Aunque los indicadores son retrasados y, en algunos casos, índices sintéticos con toda la "política" que tienen los índices sintéticos, la realidad es que las inversiones en educación, investigación y en tejido industrial y productivo de un país se mueven con lentitud, como auténticas placas tectónicas de una economía. Tras más de una década de vuelo estoy bastante convencido de que mi vista de pájaro muestra, por desgracia, una realidad tozuda e incontrovertible.

La conclusión a vista de pájaro es que España, a pesar de invertir en educación e I+D muy por debajo de lo que le correspondería, se defiende en términos de producción científica, se queda muy atrás en términos de producción de tecnología (patentes) y está completamente fuera de la realidad del mundo desarrollado en términos de inversión (capital de riesgo) y facilidad para hacer negocios. Sobre ese último indicador, en particular, que mide y promueve el Banco Mundial la facilidad para hacer negocios, en algún momento habrá que abrir los ojos y habremos de sumergirnos en el debate, coger al toro por los cuernos y dar la puntilla a la burocracia que asfixia el país, no sé si por estulticia o por maquiavélico diseño. El hecho de que la piel de toro se haya deformado desde 2013 hasta ahora es debido a la disminución del BERD, el gasto en innovación de las empresas (Business Expenditure on R&D). Las consecuencias de la crisis del 2008 han contraído tanto la inversión estatal (pública) como la privada, pero la privada se ha contraído proporcionalmente más. Es decir, que la empresa, el capital privado, es incluso más conservador que el público. La empresa española, sus directivos, como conjunto y siempre con honrosas excepciones, no entiende y no cree en la innovación.

Esta mentalidad conservadora queda patente cuando se observa la brutal pérdida de valoración de las mayores empresas del país, las del IBEX 35, en este periodo de tiempo[1]. Hablamos y hablamos de innovación, decimos que vamos a hacer, contratamos consultores y asesores para analizar tendencias, prácticas y escribir informes, publicamos planes y estudios, pero España se aleja cada vez más de las posiciones de liderazgo y retrocede al papel de país renuente a la novedad, el cambio, el riesgo y la apuesta calculada. Por lo bajini, Miguel de Unamuno sigue gritando: que inventen otros, que inventen otros. Y los otros no solo inventan sino que innovan.

Por qué esto es así continúa siendo para mí una gran incógnita. Cuando más profundizo en el análisis, más aprecio la profundidad de las raíces del problema. Desde hace un tiempo tengo la sensación de que, de la misma manera que China perdió el liderazgo como nación hace más de cinco siglos y quedó descolgada del desarrollo tecnológico y económico que acompañó a la revolución industrial que se inicia en Inglaterra y se extiende por lo que denominamos occidente, España ha seguido un camino similar. Como esa China descolgada seríamos incapaces de adoptar la mentalidad y los instrumentos que, durante los dos o tres últimos siglos, han marcado el progreso y el aumento de la riqueza. Lo admito es especulación, pero sospecho que no soy el único que intuye este mal. Espero poder volver sobre este tema en algún momento. En el terreno personal, ser español, vivir en España, creer en las posibilidades de la innovación y haber invertido mucho esfuerzo personal en hacerla avanzar es toda una experiencia. En España hay personas y empresas muy valiosas, mucho talento, no nos falta imaginación ni determinación… A nivel individual. Tenemos la materia prima, los ingredientes, pero desconocemos la receta que hace de un colectivo, una región o un país, un auténtico equipo, una organización, un organismo o una máquina, que es superior a la suma de las partes. Conocer y conversar con estas personas brillantes, sus proyectos y aspiraciones es esperanzador pero, al mismo tiempo, frustrante cuando se observan los medios y las condiciones y se comparan con el estado del arte. Los héroes son una innegable fuente de inspiración. A veces, por desgracia, una necesidad, pero no podemos esperar que el futuro lo construyan héroes.

Cuando Alemania y Europa abrazaron el concepto de industria 4.0 y cuando lo vi arraigar aquí, volvió a renacer la esperanza de ver que, por fin, en algún momento, como está ocurriendo en China desde finales del siglo XX, España saldrá de la historia, de la nostalgia y el chantaje del pasado, y mirará con decisión al futuro. Ese momento aún no ha llegado. La industria 4.0 como tantos otros “palabros” en el mundo de la tecnología se ha convertido en un cliché. Tanto es así que ya hay quién ha empezado a hablar de industria 5.0. Por versiones de la revolución industrial que no quede.

Pero es cierto que la apuesta de la gran partida de póker que es la lucha por la existencia sigue subiendo. Un desastre de anticipación y gestión como la pandemia nos muestra nuestras fragilidades, pero también nos obliga a apretar los dientes y tomar conciencia. La brutal realidad de que quienes han hecho los deberes y han invertido en ciencia, tecnología e innovación son capaces de responder más rápido, de levantarse antes, continúa siendo un estímulo. Cambio en el contexto geopolítico, replanteamiento de las cadenas de suministro, cambio climático y nuevas energías, biología sintética, nuevos patrones de movilidad. Los retos en casi cualquier ámbito son enormes, las oportunidades también, únicamente limitadas por nuestra imaginación y nuestra capacidad para colaborar.

Ignoro si Pablo Oliete, FOM, y las iniciativas que están impulsando como este nuevo Atlas Tecnológico que apunta al corazón del problema, el acceso al conocimiento, a eso que llaman know-how, a la tecnología y al escalado de la capacidad de colaboración, acabará consiguiendo que algo cambie, que salte la chispa. La visión siempre ha sido ilusionante, apoyada con criterio e inteligencia en el conocimiento, y no solo carente de ingenuidad y buenismo, sino movida por el espíritu del Atlas de Ayn Rand. La ambición ha ido creciendo a medida que se daban pasos y se conseguían pequeños éxitos, y también a medida que los reveses y el fragor de la batalla se tornaban acicates. Me gustaría pensar que es posible, aunque cuando miro los medios, como ya he dicho, me es imposible no comparar, no valorar las dificultades y no apreciar el voluntarismo. Me gustaría creer que lo lograremos, que gracias a FOM y a otras iniciativas de valientes se acabarán derribando las barreras de la burocracia y el inmovilismo y acabará prendiendo la llama del talento y la creatividad del país, que acabaremos volando, entrando en órbita, la que nos correspondería como colectivo a la altura de sus pares.

Me gustaría pensar que algún día dejaremos de enfrentarnos a los retos, de rodillas y con un traje de luces, a porta gayola.


[1] De hecho, en todo lo que llevamos de siglo XXI. Se muestra el horizonte 2017 comparable a los datos de “la vista de pájaro”. Cuando los datos se actualicen tras la pandemia, serán incluso más devastadores.

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