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Habrá que poner algo en el escaparate para el estallido de la inversión que viene

Confluyen tres factores que hacen previsible un estallido de inversión en cuanto se despeje la incertidumbre actual: liquidez disponible en las multinacionales, desplome de la inversión en los dos últimos años y despegue de un nuevo ciclo tecnológico, la cuestión según el autor es si como país estamos preparándonos para ofrecer una propuesta de valor cuando eso suceda

2022-05-08 Compartir: Compartir en twitter Compartir en LinkedIn
Habrá que poner algo en el escaparate para el estallido de la inversión que viene
Sharon McCutche / Unsplash

Ante la caída de los ingresos en el arranque de la pandemia, las empresas multinacionales duplicaron la emisión de deuda corporativa, redujeron las adquisiciones de empresas y mantuvieron estables los gastos de capital, lo que llevó a un aumento de sus saldos de efectivo. En 2020, las 5.000 principales empresas multinacionales no financieras que cotizan en Bolsa aumentaron su disponibilidad de liquidez en un 25%, según el “Informe sobre las inversiones en el mundo de 2021” de la UNCTAD. Su inversión en el extranjero se desplomó en un 56%, hasta 347.000 millones de dólares, el valor más bajo desde 1996.

Obviamente ese es uno de los factores que explica que los flujos mundiales de inversión extranjera directa (IED) se redujeran un 35% en 2020 a nivel global. De forma especial en las economías desarrolladas, donde se contrajo un 58%, en parte debido a las reestructuraciones de las empresas y a los flujos financieros intraempresariales. Y de forma todavía más acusada en el caso de Europa, donde la bajada fue de nada menos que el 80%. Importante en este capítulo el descenso del 19% en las inversiones de nueva planta, cruciales para el desarrollo de la capacidad productiva y de las infraestructuras y, por lo tanto, para las perspectivas una recuperación sostenible.

La UNCTAD preveía que los flujos mundiales de IED iban a tocar fondo en 2021 y recuperarían parte del terreno perdido con un aumento de entre el 10% y el 15%, pese a lo cual la IED seguriría situándose un 25% por debajo del nivel de 2019 y más de un 40% por debajo del pico de 2016. Las previsiones más optimistas apuntan a un nuevo aumento en 2022 que podría devolver la IED al nivel de 2019 de 1,5 billones de dólares. Pero si algo define la tónica actual es la incertidumbe, como confirma el fuerte contraste entre las previsiones optimistas de los gastos de capital y las previsiones aún pesimistas sobre los anuncios de proyectos en nuevas instalaciones, dice el informe.

La bomba en cualquier caso está cebada y la cuestión es cuándo y donde estallará. Con la disponibilidad de efectivo de las multinacionales en máximos históricos, la inversión pública hipersensibilizada por los planes de recuperación y después dos años de desplome de la IED, tanto en fusiones y adquisiciones como, sobre todo, en nuevas instalaciones, sólo se necesita una expectativa de estabilidad y de fin de la incertidumbre para que se produzca un estallido de inversión a nivel global.

Porque, por si fuera poco todo lo anterior para alimentar el apetito, la innovación tecnológica está poniendo en bandeja a la economía enormes oportunidades para canalizar ese dinero con visión productiva, un auténtico nuevo ciclo comparable al que arrancó tras la crisis del petróleo de los 70: nueva microelectrónica, los casos  de uso del 5G, el reto de la descarbonización y la lucha contra el cambio climático que requieren la construcción de una nueva red energética para el CO2 y el hidrógeno, la electrificación de la economía, la automatización inteligente, la reinvención de la robótica, los vehículos autónomos, la realidad virtual y aumentada, la fabricación aditiva, la biotecnología que transformará la salud, las Smart cities, la agricultura de precisión… todo está por hacer.

Eso va a pasar. La cuestión que debemos preguntarnos como país, como ecosistema digital de innovación, es la siguiente: cuando se desate esa tormenta de inversión global, que durará unos años, que no va a ser eterna, que decidirá el nuevo mapa de interés de las industrias estratégicas, cuando eso suceda, ¿qué vamos a ofrecer? ¿Disponemos de una propuesta de valor en las tecnologías que van a marcar el futuro para atraer capital e inversión? ¿Somos un lugar interesante para el talento, un espacio en el que pasan cosas que no suceden en otros sitios? ¿O vamos a ofrecer suelo, conectividad, vivienda a buen precio y un clima estupendo? ¿Qué vamos a ofrecer cuando estalle la bomba de la inversión? Esa es la pregunta que no debería dejar dormir a nuestros políticos. España no aparece entre los 20 países que más IED recibió en 2020, pero fue el 12 en origen de inversión, nos gusta lo que vemos fuera. No es fácil encontrar ejemplos de responsables públicos que sean conscientes de la importancia del desafío.

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