Algoritmia y Violín

La hora de los economistas innovadores: del nuevo consenso económico al 'Gran Reequilibrio'

La visión del mundo que ha dominado desde que a principios de los 90 se formulara el Consenso de Washington está saltando por los aires debido a la nueva ola tecnológica y a la tensión entre China y EEUU, la sociedad y no sólo el mercado necesita que los economistas se den prisa y nos ayuden a pensar en el nuevo mundo que viene

06-09-2026

World Economic Forum / Lennart Preiss

“El viejo mundo agoniza y uno nuevo lucha por nacer, y en este interregno aparecen una gran variedad de síntomas mórbidos”, con esta famosa frase de Antonio Gramsci arranca el ensayo “Cinco principios para un nuevo consenso económico” que firman Timothy Besley y Andrés Velasco, de la London School of Economics. Su advertencia inicial es que, aunque Gramsci “se refería a principios del siglo XX, describe a la perfección el primer cuarto del XXI”.

Los “cinco principios” se inspiran en las intervenciones de destacados autores y comentaristas económicos acerca de lo que consideraban “consenso” en su campo de especialización. Sus contribuciones se publicaron bajo el título de Growth Experiences and Trust in Government, con la firma del propio Timothy Besley y sus colegas Christopher Dann (London School of Economics) y Sacha Dray (Banco Mundial / LSE).

El punto de partida son los Diez Mandamientos que el economista inglés John Williamson publicó en 1990 bajo el título de “What Washington means by policy reform”, un texto que ha pasado a la historia como el Consenso de Washington. Las ideas de Williamson se convirtieron en el fundamento del credo neoliberal y de la política para el desarrollo desplegada por el FMI y el Banco Mundial a finales del siglo pasado. 

Se utilizaron para expandir la globalización e inspiraron medidas dirigidas a reducir la inflación mundial, sobre la base de que la política monetaria debía utilizarse para ajustar la demanda agregada, a ser posible bajo la supervisión de un banco central independiente, y no para financiar grandes déficits presupuestarios.

La pregunta que no resolvió el decálogo de Williamson fue qué tipo de sociedad se iba a crear a partir de sus premisas. La literatura al respecto ha sido torrencial y, en este tiempo, la disciplina económica se ha transformado sustancialmente. Al colapso de la Unión Soviética, se ha sumado el ascenso de China como potencia global y el creciente reconocimiento del cambio climático. En el terreno de las ideas, el auge de la economía política y la psicología ha redefinido el pensamiento económico.

Como consecuencia de todo ello, el Consenso de Washington ha sido objeto de toda clase de revisiones, pero nada es comparable con la situación actual. Probablemente ninguna de las críticas suscitadas en el pasado va a ser tan influyente como las que están apareciendo a raíz de la nueva ola de la revolución tecnológica, con la irrupción de la inteligencia artificial (IA) generativa, y del pulso global entre Estados Unidos y China.

En ese sentido, puede que se trate de uno más, pero el trabajo de Besley y Velasco responde, en efecto, a una demanda cada vez más sonora a nivel global: hace falta un nuevo marco de entendimiento entre la tecnología, la política y la economía. Y esa es tarea de los economistas, que deberían ir un poco deprisa, por cierto.

La tensión geopolítica ha llevado a Michael Pettis, de la Carnegie Endowment for International Peace, por ejemplo, a escribir un artículo con el sugerente título de “Se avecina un gran reequilibrio”.

Su visión es que los desequilibrios comerciales en la economía global son “fundamentalmente insostenibles”, porque China y Alemania tienen grandes y persistentes superávits comerciales que Estados Unidos está absorbiendo a costa de tener el mayor déficit comercial del mundo. “Tarde o temprano, algo debe ceder. Para una economía avanzada y rica en capital como la de EEUU, un déficit comercial duradero traerá consigo un aumento del desempleo o de la deuda”.

Pettis advierte de que el ajuste que se avecina “puede ser especialmente difícil” y sitúa a China como la pieza más “vulnerable”, porque su deuda está entre las más altas del mundo respecto al PIB (si se incluye la de los gobiernos locales y empresas estatales algunas fuentes la sitúan en el 300%) y ha servido para financiar inversiones poco recomendables y con rendimientos económicos decrecientes: sector residencial, infraestructuras infrautilizadas y capacidad industrial que supera con creces la demanda.

La clave de lo que nos depare ese Gran Reequilibrio está en el ritmo al que Pekín podrá hacer el ajuste para rebajar su endeudamiento y en la disposición del resto del mundo a asumir el coste. Necesita mantener un alto volumen de exportaciones para que sean sus clientes los que alivien su deuda, y ya sabemos lo que eso significa.

“Si Estados Unidos utiliza su política para ampliar la capacidad industrial nacional y, más importante aún, toma un mayor control sobre su comercio y flujos de capital mediante aranceles y otras medidas restrictivas, China y otras grandes economías excedentes no podrán mantener sus superávits con los correspondientes déficits estadounidenses”, apunta Pettis.

La alternativa para el régimen chino será “reducir esos superávits con una dolorosa contracción en la producción nacional o encontrar nuevos importadores entre los países que sigan dispuestos y capaces de absorberlos”, dice Pettis.

Europa se queda quizás en la posición más difícil porque si sigue políticamente dividida “podría verse obligada a asumir déficits mayores casi por defecto”, lo que implica un coste elevado en términos de desindustrialización, aumento de la deuda y crecimiento más débil. “Este proceso puede que ya haya comenzado”.

Aquí le toca innovar a todo el mundo, también a los economistas. Nos dirigimos hacia un mundo desconocido y probablemente en el camino vayan a saltar por los aires algunos de los desequilibrios que han sostenido nuestra visión global y local durante los últimos 20 años. Un error en este sentido se va a pagar muy caro, por decirlo en el lenguaje que mejor entienden.