Radar Atlas
La 'Caída de los Muros'
La brecha que está abriendo la IA entre organizaciones implica concentración de poder y va más allá, por ello, de lo económico, reconfigura la división entre Mundos que heredamos de la Segunda Guerra Mundial, cada vez menos diferentes en el plano político, y nos obliga a acabar con la apuesta por la fragmentación y la regionalización si queremos mantener autonomía en la nueva era del token/vatio/euro
Tras la Segunda Guerra Mundial, se dio por buena división de países que llevó a cabo el demógrafo francés Alfred Sauvy en 1952, según la cual había un Primer Mundo configurado por el bloque occidental; un Segundo Mundo, con los países comunistas; y un Tercer Mundo en vías de desarrollo, no alineado exactamente con ninguno de los dos anteriores.
Es llamativo que el criterio aplicado por Sauvy fuera político y no económico, que es el vigente tras la caída de la URSS en 1991. Desde entonces, los ‘mundos’ se han reducido a dos: para definirlos, unos mantienen la terminología original (Primer y Tercer Mundo), otros promueven la idea de Norte y Sur Global y hay quienes prefieren distinguir simplemente entre países desarrollados y en vías de desarrollo.
El superciclo de la inteligencia artificial (IA) en el que estamos entrando probablemente vaya a revisar de facto esta configuración del mundo. El propio mercado, y la sociedad en general, están identificando tácitamente un nuevo criterio, diferente a los anteriores, para describir la brecha que está creando la tecnología entre los países. También en el interior de cada uno de ellos.
Asistimos a un alejamiento implacable y difícil de frenar entre las organizaciones (no sólo estatales, esta vez) dotadas de los datos de calidad y de la capacidad de almacenamiento y procesamiento necesaria para aprovechar las oportunidades que abre la IA, y aquellas que no van a estar en condiciones de subir a la ola hasta, al menos, dentro de unos años. Pero ¿cómo será la tecnología entonces?
Como me decía el CEO mundial de Thyssenkrupp, Miguel Ángel López, incluso para una parte importante de un grupo industrial como el suyo, un histórico de la transformación fabril en Europa, la digitalización es todavía un desafío.
En varias de las conversaciones que he podido mantener con el director general de la Fundación COTEC para la Innovación, Jorge Barrero, durante el último Collaborate de Atlas Tecnológico, me ha insistido en que su percepción del riesgo asociado a esa brecha de la IA no es estrictamente económica, sino que apunta al problema de la concentración de poder.
Quizás tengamos que asumir como nuevo criterio para establecer el grado de desarrollo entre los diferentes ‘mundos’ la relación tokens/vatio/dólar de la que hablaba Satya Nadella en el Foro de Davos. Si queremos mantener la distinción entre bloques que visualizó en su día Sauvy, actualizada tras la caída del Muro de Berlín, cada vez resulta más difícil esgrimir razones políticas.
En 2025, el Gobierno de Estados Unidos entró en el capital de una quincena de empresas, entre ellas Intel, después de medio siglo sin hacerlo en ninguna. La oligarquía que construye Donald Trump comparte a menudo esencias (e incluso sectores) con la que respalda a Vladímir Putin.
El intervencionismo estatal de China, país autoritario y parco en libertades, pero proclive a la iniciativa privada, cada vez contrasta menos con la avasalladora presencia regulatoria que vive Europa, donde la dependencia del dinero público para incentivar la innovación es creciente. Y Mario Draghi invita a incrementarla todavía más con un gasto público anual de 800.000 millones de euros.
La brecha de la IA reasigna, en efecto, el poder en las sociedades. Por un lado, corporaciones con datos, capacidad de concentración de conocimiento científico y tecnológico, control de tecnologías críticas, como internet y el espacio, y enormes cantidades de financiación.
Por otro lado, Estados dotados de la posibilidad de regular, aunque no de la capacidad para hacer cumplir plenamente esa regulación en el ámbito digital, con la exclusiva de la violencia, pero gravemente endeudados y con dificultades para retener talento. Esa es la fotografía a la que me gustaría que Sauvy tratara de encontrar hoy un sentido.
La gran derrotada en este proceso está siendo la fragmentación. Los muros deben ser derrumbados. Europa apostó hace tres décadas por regionalizar y hasta atomizar mercados clave como el de las telecomunicaciones o la energía pensando que una mayor competencia beneficiaría a los ciudadanos y permitiría mantener los precios bajos.
Hoy tenemos en esos ámbitos fundamentales a empresas de pequeña escala, incapaces de hacer sombra a los gigantes de Estados Unidos y China y dependientes de su tecnología. El hecho de que 2025 haya sido el primer año en el que Alemania ha tenido déficit comercial con el país de Xi Jinping marca un antes y un después en la Historia.
La Bolsa es un indicador. Si analizamos lo sucedido desde 2000, Telefónica alcanzó su máximo histórico en la zona de 10-11 euros en 2007, y ha cotizado en los últimos años en el rango de 3-5 euros. Las acciones de la norteamericana Verizon se han mantenido en torno a los 40-50 dólares desde 2000, y están alcanzando máximos en 2026, impulsadas por la llegada del 5G a la empresa.
Apostar por la regionalización ha demostrado ser un error a largo plazo, con efectos perjudiciales para los consumidores. Empieza a ser un clamor que Europa fomente la concentración en sectores estratégicos y se dote de compañías que impidan que quedemos a merced del poder que acumulan aceleradamente los ganadores de la brecha de la IA. Al menos, si queremos aferrarnos al Primer Mundo.

