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Formarte para realidades hoy desconocidas

La velocidad a la que la tecnología está transformando todas las actividades nos obliga a plantearnos cuál es la formación más adecuada para los profesionales actuales y las nuevas generaciones, cualquier respuesta debe servirnos para seguir encontrando sentido a lo que hacemos en un mundo donde cada vez más cosas podrán hacerse sin nosotros

Cuando me matriculé en el EMBA del IESE en 2010 necesitaba formarme para crecer como directivo dentro de una gran corporación. Poco después aquella empresa empezó a cotizar en el IBEX y todo parecía indicar que mi futuro profesional seguiría ligado al mundo corporativo. Lo que nunca imaginé es que aquella formación terminaría ayudándome a construir una vida profesional completamente distinta.

Cinco años después, en 2015, constituí la empresa sobre la que hoy se desarrolla mi actividad profesional. Y en 2017, cuando se produjo mi salida de Cellnex Telecom, escogí continuar por el camino del emprendimiento.

Perdón por la cuña personal, pero me sirve para contextualizar un dilema que creo que afecta tanto a quienes hoy estamos en activo como a las próximas generaciones.

No, me considero experto en prospectiva y desconfío bastante de quienes hablan del futuro con excesiva seguridad. La historia reciente está llena de predicciones fallidas. Pero sí creo que hay señales suficientemente evidentes como para detenernos a reflexionar sobre una cuestión muy concreta: ¿cómo debemos formarnos para desenvolvernos en un mundo donde gran parte de las actividades que hoy conocemos van a transformarse radicalmente?

Cuando visito industrias percibo señales muy claras de que, salvo que cambien profundamente los valores de nuestra sociedad, la actividad industrial va a necesitar cada vez menos personas dedicadas a la industrialización tal y como hoy la entendemos.

La automatización avanza silenciosamente. No genera grandes titulares porque no suele producirse de golpe. Simplemente, un proceso deja de necesitar diez personas y pasa a necesitar dos. Una planta deja de requerir supervisión humana continua. Un almacén empieza a operar prácticamente solo. Una línea de producción aprende a corregirse sin intervención humana.

En el sector primario observo algo parecido. Hasta ahora la reducción de personas dedicadas a la agricultura o la ganadería se explicaba muchas veces porque las nuevas generaciones rechazaban estas actividades. Pero creo que en poco tiempo el problema ya no será vocacional. Simplemente, muchas de esas tareas dejarán de requerir personas.

Y algo similar ocurrirá en el ámbito comercial.

Recuerdo perfectamente cuando compré mi segundo ordenador. Era un PC para una asociación con la que colaboraba y lo adquirí en una pequeña tienda de informática de barrio en Valencia. Hace años que no compro un ordenador de esa manera.

De hecho, tengo la sensación de que cientos de las cosas que compramos hoy podrían gestionarse perfectamente sin intervención humana.

Tus necesidades de suministro vendrán determinadas por tus hábitos. Una IA interpretará tus preferencias, se conectará automáticamente a una plataforma de venta, esta a su proveedor, el proveedor producirá automáticamente o dispensará desde un almacén inteligente y una logística autónoma terminará llevándote el producto.

Posiblemente tu única acción habrá sido dejar el bote vacío de desodorante en el cubo amarillo de tu casa.

Fin de la tienda de ordenadores de barrio. Fin de muchas actividades comerciales tal y como las conocemos.

No creo estar exagerando demasiado. Evidentemente no todo ocurrirá al mismo tiempo ni con la misma velocidad. Pero una parte significativa de este escenario terminará produciéndose.

Y si aceptamos esa posibilidad, aunque solo sea parcialmente, la pregunta importante deja de ser tecnológica. La pregunta pasa a ser educativa. ¿En qué debemos formarnos? ¿Qué deberíamos recomendar a nuestros hijos? Conozco muchos padres que se hacen esa pregunta.

No quiero hablar aquí de cómo la inteligencia artificial va a transformar los métodos de aprendizaje o el acceso al conocimiento. Eso ya lo estamos experimentando todos.

Lo que sí me interesa compartir es qué tipo de capacidades creo que van a ganar valor en este nuevo contexto.

Mi impresión es que necesitaremos desarrollar más que nunca la capacidad de observación y el sentido crítico. Aprender a colaborar entre personas y empresas. Profundizar en conocimiento experto porque el conocimiento superficial será cada vez menos diferencial.

Habrá que entrenarse continuamente en el uso de nuevas tecnologías como herramientas profesionales. Pero también creo que habrá que recuperar cosas que parecían antiguas, como trabajar las habilidades manuales. Reivindicar los oficios. Entender el valor de los artesanos. Aprender a gestionar personas con altas capacidades y perfiles expertos. Estudiar a los clásicos. Fomentar las humanidades, especialmente la filosofía. Y quizás también cultivar algo que raramente aparece en los programas formativos: la capacidad de convivir con la soledad, con la incertidumbre y con la monotonía.

Dedico buena parte de mi tiempo profesional a ayudar a otros directivos a prepararse para abordar los retos de la industria conectada. Y precisamente por eso tengo la sensación de que los programas formativos van a tener que transformarse profundamente durante los próximos años.

Pero hay algo de lo que sí estoy completamente convencido. Todo directivo necesita una hoja de ruta propia de formación. Y también necesita saber muy bien quién le ayuda a construirla.

Porque probablemente nunca había sido tan importante rodearse de personas con inquietudes similares, formar parte de comunidades de aprendizaje y compartir espacios donde todavía se discutan ideas con profundidad. No solo por supervivencia profesional. También por equilibrio personal.

Y posiblemente por algo todavía más importante: seguir encontrando sentido a lo que hacemos en un mundo donde cada vez más cosas podrán hacerse sin nosotros.