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Cuando el propósito pesa más que el esfuerzo

El Papa León XIV ha dado estos días en España una lección de ejercicio de liderazgo: no ha buscado reconocimiento personal, ni ha mostrado signos de cansancio o impaciencia, ha ofrecido mano tendida al diálogo en tiempos de enorme polarización y ha enseñado con el ejemplo, todo ello pone de manifiesto que la principal fuerza transformadora es el propósito

He tenido la oportunidad de ver a León XIV en varias ocasiones durante su estancia en España. Algunas veces en Madrid, acompañado de mi familia y de amigos, otras, en Barcelona, por motivos profesionales. No pretendo realizar aquí una reflexión teológica ni un análisis eclesial. Lo que me interesa compartir es algo mucho más sencillo: la impresión que me ha producido observar de cerca a una persona sometida a una presión extraordinaria y, al mismo tiempo, capaz de transmitir serenidad, cercanía y una aparente normalidad que resulta difícil de explicar.

A lo largo de mi trayectoria profesional he tenido la fortuna de conocer a muchos empresarios y directivos. Esa experiencia me ha permitido observar estilos de liderazgo muy diferentes y llegar a una conclusión que se repite con frecuencia: cuanto mayor es la responsabilidad real de una persona, menos necesidad tiene de exhibirla.

Quizá por eso me llamó tanto la atención León XIV. En todos los actos en los que pude verle, independientemente del contexto, del momento del día o del nivel de exigencia de la agenda, transmitía exactamente la misma actitud. Mantenía una sonrisa permanente, escuchaba con atención, se mostraba cercano con las personas y conservaba un tono conciliador que en ningún momento parecía incompatible con la firmeza de sus mensajes. No se trataba de una cordialidad superficial ni de una estrategia de comunicación. Había algo más profundo. La sensación de que estaba plenamente presente en cada encuentro.

Todos sabemos que una visita de estas características no se sostiene únicamente sobre la improvisación o la buena voluntad. Detrás existe una enorme cantidad de trabajo invisible. La mayoría de nosotros, después de varias jornadas semejantes, probablemente mostraríamos signos evidentes de agotamiento. Sin embargo, lo más sorprendente era precisamente la ausencia de cualquier gesto que transmitiera cansancio, impaciencia o prisa.

Eso no significa que no estuviera cansado. Significa algo mucho más interesante: que había decidido que su cansancio no era lo importante. Y esa diferencia me parece fundamental para entender el liderazgo.

Vivimos en una época en la que se habla constantemente de delegación. Con razón. Ninguna organización compleja puede funcionar sin ella. Los buenos líderes construyen equipos, generan confianza y permiten que otros asuman responsabilidades. Estoy convencido de que León XIV ha delegado innumerables tareas durante su estancia en España.

Sin embargo, también estoy convencido de que existen aspectos del liderazgo que no admiten delegación posible. Nadie puede delegar la capacidad de escuchar. Nadie puede delegar la ejemplaridad. Nadie puede delegar la responsabilidad última sobre un mensaje. Nadie puede delegar la cercanía auténtica ni la capacidad de inspirar confianza. Son precisamente esos elementos los que terminan definiendo a una persona ante los demás.

Durante estos días observé también cómo dedicaba tiempo a personas que probablemente nunca volverá a ver. Vi cómo se detenía para atender a familias, cómo besaba niños con una paciencia que parecía inagotable y cómo era capaz de mantener el mismo nivel de atención con independencia de quién tuviera delante. En una sociedad acelerada, donde la prisa se ha convertido en una forma habitual de relacionarnos, esa capacidad para detenerse y prestar atención constituye una lección en sí misma.

También me impresionó la forma en que transmitía sus mensajes. Eran mensajes claros y contundentes, pero expresados siempre desde el respeto, en un momento histórico marcado por la polarización.

Mientras observaba todo esto recordé las enseñanzas de Juan Antonio Pérez López, uno de los profesores más influyentes de la historia del IESE. Explicaba que las personas actuamos movidas por motivaciones extrínsecas, intrínsecas y trascendentes. Las primeras tienen que ver con aquello que obtenemos; las segundas, con aquello que aprendemos y desarrollamos; y las terceras, con el impacto que nuestra acción genera sobre los demás.

A medida que pasan los años, uno comprende que las trascendentes las que convierten el trabajo en servicio y las que permiten encontrar sentido cuando el esfuerzo resulta especialmente exigente. Quizá por eso la estancia de León XIV en España me hizo pensar menos en el poder y más en el propósito. Menos en el cargo y más en la misión. Porque lo que verdaderamente llama la atención no es la posición que ocupa, sino la forma en que parece vivirla.

Después de tantos años observando empresas, proyectos industriales y equipos directivos, sigo creyendo que los mejores líderes no son necesariamente los más brillantes, ni los más mediáticos, ni los que poseen mayores capacidades técnicas. Los mejores líderes suelen ser aquellos que consiguen que las personas perciban que trabajan por algo más importante que ellos mismos. Son quienes convierten el ejemplo en la principal herramienta de influencia.

Me quedo con una reflexión sencilla. El liderazgo auténtico no consiste en utilizar el cargo para reducir el esfuerzo propio, sino en asumir voluntariamente una responsabilidad mayor al servicio de los demás. Y cuando el propósito es verdaderamente importante, el esfuerzo sigue existiendo, pero deja de ocupar el centro de la escena. Porque, al final, cuando el propósito pesa más que el esfuerzo, termina marcando el camino..