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Si piensas que la formación es costosa, intenta con la ignorancia

Germán Arias Merino, consultor en Industria Conectada y colaborador de Atlas Tecnológico, reflexiona sobre cómo la formación se convierte en el principal factor de éxito para afrontar con criterio la transformación digital de la industria

Germán
Germán Arias Merino
Profesor Máster Industria Conectada - Fom Talent
30-06-2026

He elegido como título este aforismo, habitualmente atribuido al profesor de Harvard Derek Bok, porque es una idea que debería permanecer grabada a fuego en nuestras cabezas.

Voy a contar una historia que me sucedió hace algunos años. Trabajaba entonces en la sede de una empresa multinacional, dedicado a la gestión de proyectos industriales internacionales. En aquel momento, la dirección corporativa tomó la decisión de impulsar una transformación profunda de los procesos y formas de trabajo mediante la aplicación de tecnologías digitales; en definitiva, adoptar los principios de la Industria 4.0 en sus fábricas.

Muchos recibimos aquel cambio con cierta inquietud. La primera medida de la dirección fue acordar una serie de programas formativos breves —de no más de cuarenta horas— con una escuela especializada. El objetivo era que, progresivamente, directivos y técnicos involucrados en la transformación adquirieran una visión diferente, capaz de abrir la mente y cuestionar inercias arraigadas en una cultura de gestión tradicional.

Aquello no era más que el principio, pero ya suponía un avance significativo.

Las circunstancias me llevaron posteriormente a trabajar en una de las fábricas del grupo y a asumir responsabilidades relacionadas con su desarrollo técnico, incluida la digitalización. Por entonces, el tema estaba en plena efervescencia. Numerosas empresas ofrecían servicios que prometían resultados extraordinarios y una rápida transformación. Nosotros, como organización industrial clásica, observábamos aquella situación con una mezcla de expectación y desconcierto.

Necesitábamos saber por dónde empezar, cómo abordar el proceso y con quién hacerlo. No podíamos avanzar solos; entre otras razones, porque nuestro conocimiento en la materia era todavía limitado.

Con la intención de progresar, recurrimos a instituciones de confianza que nos proporcionaron posibles proveedores especializados. Sin embargo, atraídos por algunos cantos de sirena, cometimos errores. Firmamos contratos costosos cuyos resultados no siempre estuvieron a la altura de las expectativas; en algunos casos fueron cuestionables y, en otros, directamente insuficientes.

La causa principal de aquellos resultados mediocres era sencilla: nuestro desconocimiento sobre la aplicación coherente y efectiva de estas tecnologías.

Teníamos interés, y ese fue el primer factor clave. Éramos plenamente conscientes de nuestras carencias y sabíamos que delegar completamente los proyectos en terceros nos hacía perder tiempo, dinero y, lo que es peor, confianza.

Necesitábamos formación. Formación de verdad. Ese fue el segundo factor clave.

Contábamos con excelentes especialistas en automatización y sistemas industriales, pero faltaba algo esencial. Utilizando un símil militar, disponíamos de buenos artilleros y de excelentes piezas de artillería, pero carecíamos de la capacidad estratégica necesaria para saber dónde apuntar y obtener resultados efectivos.

Entonces surgió una oportunidad de formación en Industria 4.0 promovida por una entidad con un planteamiento sólido y convincente. Decidimos apostar por ella. Un pequeño grupo acudimos a un programa con formato de Máster Ejecutivo, de nueve meses de duración y alrededor de cuatrocientas horas de formación directa.

Aquella experiencia nos proporcionó una visión global de las tecnologías disponibles, pero, sobre todo, nos ayudó a comprender la aplicación práctica y razonable de los habilitadores digitales. Fue un auténtico punto de inflexión. Nos permitió entender mejor el ecosistema de la Industria 4.0, identificar oportunidades reales, incorporar metodología para abordar problemas complejos y desarrollar criterio para distinguir entre propuestas de valor y simples promesas comerciales.

La apuesta por la formación no se limitó a aquel primer grupo de cinco personas. Con el tiempo, se amplió de forma sostenida a otros profesionales de la organización. En diferentes formatos y niveles, la capacitación se convirtió en uno de los pilares fundamentales del éxito de todo lo que vino después.

Hoy ya no trabajo allí, pero la historia continúa y sigue confirmando aquella lección. Veo cómo otras empresas recorren actualmente caminos similares y considero que ayudarles a evitar errores y acelerar su aprendizaje es casi una obligación moral para quienes hemos pasado por esa experiencia.

Para cerrar el círculo, mencionaré que la formación que realizamos y que estuvo en el origen de aquel punto de inflexión fue la ofrecida por FOM Talent, actualmente bajo la denominación de Máster en Industria Conectada. No es la única opción existente en el mercado, pero sí una alternativa sólida y contrastada.

Lo que resulta difícilmente justificable para cualquier organización que aspire a progresar es conformarse con la mediocridad. A largo plazo, la mediocridad no es más que una forma de ignorancia. Y la ignorancia, como advertía el aforismo que da título a este artículo, acaba siendo extraordinariamente cara. En ocasiones cuesta dinero; en otras, oportunidades. Y, algunas veces, incluso la salud de quienes tienen que lidiar con sus consecuencias.


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