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Ensimismarse: pecado mortal en la industria
Germán Arias, colaborador de Atlas Tecnológico, consultant adviser y exdirectivo de Michelin con una amplia trayectoria en puestos de dirección industrial, reflexiona sobre cómo la autosuficiencia y el aislamiento pueden convertirse en un freno para la competitividad y por qué la colaboración es hoy un factor decisivo para el éxito de la industria
Tomando prestada la terminología religiosa, diría que el ensimismamiento no es un pecado; sin embargo, en la actividad industrial debería considerarse un pecado mortal.
Podemos definirlo como la actitud de quien se encierra de forma excesiva en su propio mundo, hasta el punto de ignorar a los demás y la realidad que lo rodea. En el ámbito empresarial, suele ir acompañado de autosuficiencia y de una confianza desmedida en las propias capacidades.
Para situar esta idea en un contexto industrial, contaré una historia.
Hace algunos años, una empresa industrial —que estaba entre los líderes mundiales de su sector, con una cuota de mercado muy relevante y un gran prestigio— decidió dar un paso más. Su dirección consideró que no bastaba con estar entre los líderes: aspiraba a convertirse en el líder indiscutible. Para ello, pretendía ganar cuota a sus competidores aprovechando una etapa de crecimiento global.
¿Cómo iba a conseguirlo? La respuesta parecía sencilla: ampliando su capacidad productiva mediante unos procesos propios que consideraba los más avanzados, perfeccionados durante décadas de dominio técnico. Así podría suministrar a tiempo los productos que demandara el mercado, sin que nadie estuviera en condiciones de competir con la misma eficacia. Dicho y hecho: toda la organización se puso manos a la obra. El horizonte previsto para obtener resultados era de cinco años.
Entretanto, sus competidores llegaron a una conclusión similar y pusieron en marcha sus propios planes de expansión.
La previsión sobre el mercado se cumplió: la demanda creció de forma significativa y las empresas que contaban con medios y capacidad de adaptación obtuvieron los beneficios esperados.
Hasta aquí, todo parecía previsible. Sin embargo, el cambio empezó a hacerse visible apenas tres años después del inicio de los proyectos. Nuestra empresa había planificado a cinco años, pero la demanda ya estaba ahí y, lo que era aún más preocupante, la competencia estaba respondiendo. ¿Cómo era posible? Sus expertos sabían que se necesitaban cinco años para poner una fábrica en condiciones de producir. El estado de la tecnología —que creían conocer mejor que nadie— no permitía hacerlo antes.
Alguien decidió entonces observar con atención qué estaban haciendo los competidores y recabar información detallada. La conclusión fue reveladora: aquellas empresas llevaban años colaborando para mejorar unos procesos industriales comunes, simplificar su utilización y acelerar su puesta en marcha. Lo que el antiguo líder, confiado en su autosuficiencia, necesitaba cinco años para conseguir, sus competidores podían lograrlo en tres, con resultados comparables.
El diagnóstico fue demoledor: “Hemos construido fábricas con procedimientos que eran líderes hace treinta años, pero que ya no lo son. Mientras tanto, nuestros competidores han colaborado, han evolucionado mejor y nos han superado”.
El desenlace no fue trágico, pero estuvo muy lejos del escenario favorable que la empresa había imaginado.
Esta historia resulta especialmente pertinente en la evolución de la industria 4.0, donde la colaboración constituye una condición esencial para avanzar con rapidez. Puede adoptar distintos grados y fórmulas —alianzas tecnológicas, ecosistemas de innovación, cooperación con proveedores, centros de investigación o incluso competidores—, pero lo importante es no renunciar a ella.
Cuando una organización obtiene buenos resultados por sí sola, puede llegar a pensar que tiene el futuro asegurado. Si deja de mirar más allá de sus puertas y confía en que podrá mantenerse al margen de los demás, corre el riesgo de quedar atrapada en la contemplación de sus propios éxitos. Y, como ocurrió en esta historia, puede perder la carrera a largo plazo. Recuperar después el terreno perdido resulta muy costoso, cuando no imposible.
No se trata de un riesgo del pasado. Todavía hoy se perciben en algunas empresas señales de ese ensimismamiento. Están a tiempo de corregirlo, pero no deberían demorarse: en ello les va buena parte de su futuro.

