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¿Dónde está la persona? Humanizamos los robots y robotizamos las personas

Nacho Cantero, jefe de la Unidad de Digitalización Industrial del Instituto de Tecnología Cerámica (ITC) y colaborador de Atlas Tecnológico, desgrana en este artículo la paradoja de una sociedad que humaniza la tecnología mientras deshumaniza sus propias relaciones, y alerta sobre el riesgo de que la eficiencia y la automatización desplacen aquello que nos define como personas

Juan Ignacio
Juan Ignacio Cantero Ramis
Responsable de Unidad de Digitalización Industrial - ITC
31-03-2026

Vivimos en una paradoja histórica difícil de ignorar: nunca las máquinas habían sido tan humanas, ni los humanos tan mecánicos. Hablamos con asistentes virtuales, damos las gracias a algoritmos, pedimos “por favor” a inteligencias artificiales y, sin embargo, cada vez tratamos a las personas con más prisa, menos atención y menos paciencia. La pregunta ya no es tecnológica, sino profundamente humana: ¿dónde está la persona?

El ser humano siempre ha proyectado su humanidad sobre las cosas. Ya los antiguos griegos daban características humanas a los dioses, a la naturaleza y al destino. Hoy hacemos lo mismo con la tecnología. Cuando una máquina responde con lenguaje natural, cuando recuerda lo que dijimos o cuando parece comprendernos, nuestro cerebro la interpreta como algo cercano, casi humano. No porque la máquina tenga conciencia, sino porque nosotros necesitamos ver humanidad en aquello que nos responde.

Pero mientras humanizamos las máquinas, ocurre el proceso contrario con las personas. Cada vez más, el ser humano vive según métricas, horarios, productividad, estadísticas, notificaciones y algoritmos. Trabajamos por objetivos, descansamos mirando pantallas, hablamos mediante mensajes breves, consumimos contenido sin pausa. Nuestra vida empieza a parecerse a un sistema automático de estímulo y respuesta.

El sociólogo y filósofo Zygmunt Bauman habla en su libro Liquid Modernity  (modernidad líquida), de la transición a una sociedad rápida, cambiante, superficial, donde las relaciones, el trabajo y la identidad son inestables. En esa sociedad, las personas empiezan a funcionar como piezas intercambiables. Importa la función, no la persona.

El historiador y pensador Yuval Noah Harari ya advirtió en 2016 con su libro Homo Deus: Breve historia del mañana, que en el futuro (de hecho, ya no es futuro, es presente) los algoritmos nos conocerán mejor que nosotros mismos y tomarán decisiones por nosotros: qué comprar, qué estudiar, con quién salir, qué pensar políticamente. El peligro no es solo perder trabajos por la automatización, sino perder la capacidad de decidir por nosotros mismos.

Pero esta preocupación no es solo moderna. Ya en la antigüedad, los filósofos se preguntaban qué significa ser persona. Aristóteles definió el ser humano como un “animal racional”, es decir, un ser capaz de pensar, deliberar y elegir. Si dejamos de pensar y solo reaccionamos a estímulos —notificaciones, tendencias, recomendaciones— dejamos de vivir como personas y empezamos a vivir como mecanismos.

San Agustín escribió una frase que hoy resulta sorprendentemente actual: “No salgas fuera, vuelve a ti mismo; en el interior del hombre habita la verdad.” San Agustín hablaba de la interioridad, del silencio, de la reflexión, del diálogo con uno mismo con un objetivo, buscar la verdad y a Dios en el interior del ser humano, no en el mundo exterior. Justo lo contrario de la sociedad actual, donde el silencio incomoda, la soledad se llena inmediatamente con una pantalla y Dios no existe.

La persona, para los pensadores clásicos, no era alguien productivo, ni rápido, ni eficiente. Era alguien capaz de:

Pensar

Recordar

Amar

Dudar

Equivocarse

Reflexionar

Buscar sentido

Nada de eso es eficiente. Pero todo eso es humano.

El problema de nuestra época no es que las máquinas se vuelvan inteligentes. El problema es que la inteligencia humana se vuelva automática. Que dejemos de leer y solo escaneemos, que dejemos de conversar y solo respondamos, que dejemos de pensar y solo reaccionemos.

Un robot no duda. Un robot no se pregunta por el sentido de la vida porque sí. Un robot no recuerda su infancia con nostalgia. Un robot no ama. Un robot no pierde el tiempo mirando el mar.

Si los humanos dejamos de hacer esas cosas, entonces la pregunta ya no será si las máquinas son como nosotros, sino si nosotros seguimos siendo humanos.

Quizá el mayor riesgo del futuro no sea una rebelión de las máquinas, sino algo mucho más silencioso: una humanidad que, sin darse cuenta, empezó a vivir como un algoritmo.

Y entonces la pregunta será inevitable:

Cuando todo sea rápido, eficiente y automático… ¿seguirá habiendo personas, o solo sistemas funcionando?