Algoritmia y Violín
Ahora resulta que todos hemos hecho la mili
Si no se gestiona adecuadamente, el intenso movimiento que se está generando en el sector de productos y servicios industriales para tratar de posicionarse en el pujante mercado de la defensa puede acentuar todavía más la confusión y la fragmentación que ha caracterizado las últimas tres décadas y engrosar los bolsillos de los advenedizos que están tratando de sacar tajada
Dos de los dos gráficos que causaron más sensación (o al menos eso quiero yo pensar), durante mi presentación previa al debate de los Atlas Industrial Trends del Collaborate de Oviedo, provienen de informes de la Organización de las Naciones Unidas para el Desarrollo Industrial (UNIDO) y de McKinsey.
El primero se titula “Cambios en la estructura global de producción industrial” y muestra la evolución de la cuota de cada país en la tarta manufacturera mundial entre 2000 y 2030. El punto de partida de China es del 6%, frente al 25% de Estados Unidos, el 11% de Japón y el 8% de Alemania. A finales de la actual década, la previsión de la UNIDO es que China cope el 45% de la producción industrial mundial, con apenas el 11% en manos estadounidenses, el 5% de Japón y el 3% de Alemania.
El gráfico de McKinsey es relativamente conocido y, por eso, resulta sorprendente que mantenga su vigencia año a año. Analiza los diferentes activos militares en activo en Europa en 2025 para poner de manifiesto la fragmentación de nuestro aparato industrial de defensa. Nada menos que 22 tipos de lanzadores de obuses de 152-155 mm (dos en EEUU), 24 diferentes buques de gran tamaño (5 en EEUU), 15 misiles aire-aire (5 en EEUU), 23 torpedos (3 en EEUU), 21 vehículos de combate de infantería (3 en EEUU), ¡hasta 15 distintos aviones tácticos de combate (8 en EEUU)!
En cierto modo, existe una correlación entre ambos gráficos. La pérdida de músculo industrial de Europa está vinculada a la fragmentación de nuestros equipos militares, lo cual no contribuye a facilitar las cosas en un contexto como el actual. Sobre todo, a tenor de los síntomas de inmadurez sectorial que están apareciendo últimamente en nuestro país y que, mal gestionados, podrían conducir a un escenario de confusión todavía peor que el actual, con el consiguiente incremento de la vulnerabilidad.
Todos queremos entrar en defensa, sería el resumen. Es el asunto del momento. Empresas de multitud de sectores que nunca se habían planteado la posibilidad de tener como cliente al Ejército, ya sea directa o indirectamente a través de uno de sus proveedores, están explorando ahora, diría que febrilmente, todas las posibilidades que se abren en el mercado.
Incluso el CDTI destina 50 de los 70 millones de euros del nuevo Programa Cervera, dirigido a incentivar la colaboración entre centros tecnológicos, a programas relacionados con defensa. No a la guerra, pero por si acaso. ¿Qué tengo que hacer para entrar en el circuito?, se están preguntando muchos CEO, ¿qué tipo de certificaciones necesito, qué tipo de productos y servicios valen?
Muchas universidades españolas e internacionales recogen en sus estatutos la prohibición de trabajar en proyectos que puedan implicar uso militar con víctimas mortales, pero hay formas de vadear ese pequeño obstáculo, por supuesto. Eufemismos como “uso dual”, “seguridad” o “defensa” se han inventado precisamente para reconfortar a los más escrupulosos.
Lo preocupante es que en este río revuelto aparezcan los cazadores de oportunidades a corto plazo, a los que no les importa demasiado consolidar un tejido industrial compatible con el desarrollo de un potente aparato de suministro para defensa, sino obtener el máximo beneficio del aluvión de fondos que van a salir al mercado.
El espectáculo de Indra es puro reparto de la tarta en El Padrino II en La Habana. Los movimientos espabilados de compañías como Amper, que reciben inyecciones de capital público por aquí y por allí (Cofides), para ir diluyendo a lo poco que queda de verdaderas empresas industriales con tecnología para defensa, resultan impúdicos. Por no hablar de la disponibilidad de los gigantes del Ibex a ponerse el traje militar, ¡como si hubieran hecho la mili!.

