Lo que uno daría por asomarse a las reuniones de The Economist en las que se decide el nombre del CEO del año. En la edición de 2025, el elegido ha sido Armin Papperger, CEO de la empresa alemana de defensa Rheinmetall. Se le reconoce su "anticipación estratégica, ejecución operativa y creación de valor" en un contexto geopolítico complejo, y se destacan los grandes contratos ganados y la expansión de la compañía.
Con todo el respeto, es como premiar al CEO de Pfizer en el año de la pandemia. En 2024, la publicación eligió a Alex Karp, cofundador y CEO de Palantir Technologies. Elogió el impresionante crecimiento de su capitalización bursátil y su expansión en el mercado de análisis de datos. Nacer con financiación de In-Q-Tel, el brazo de inversión de la CIA, es lo que tiene.
Dicho esto, en plena apoteosis y sobreactuación de los grandes actores de la inteligencia artificial (IA), no viene mal el reconocimiento a una industria centroeuropea que está haciendo lo posible por superar su momento más crítico, adoptando incluso un
modelo de holding financiero, y a una Europa política a la que
Donald Trump no deja de ridiculizar por su endeblez militar.
La defensa no es que no haya tenido protagonismo en los discursos de los máximos responsables de la Consumer Technologies Association (CTA) sobre el escenario del CES de Las Vegas, el evento que organiza anualmente y acaba de cerrar sus puertas. Es que directamente no ha aparecido. El caballo de batalla del sector tecnológico es la (mala) regulación, no los drones diabólicos de Putin.
El CEO de la CTA, Gary Shapiro, se ha limitado a decir que “la política está acelerando la innovación o la está frenando. Esto es lo que no funciona: restricciones comerciales y aranceles cambiantes [ríe]”, capón a la Casa Blanca. Pero tampoco son deseables las “reglas que limitan derechos o restringen las herramientas en las que confían las personas, políticas moldeadas por el miedo en lugar de por los hechos, y normas basadas en el diseño en lugar del rendimiento. Todo esto crea confusión e incertidumbre y sofoca la innovación”, toque de atención a la Unión Europea.
Nada de defensa. Ni siquiera entre los topics del programa de conferencias del CES. El sector tecnológico tiene estas cosas. Es capaz de financiar investigación e innovación con fondos del DARPA, de los que se nutren una amplia mayoría de departamentos universitarios en universidades, de derechas e izquierdas, y de firmar a continuación un manifiesto contra el uso de robots en el campo de batalla. Los expertos suelen tomárselo a broma.
Lo peligroso del momento actual es que no hace falta hablar de armas para tocar temas de defensa. Hay que hablar de industria de defensa, pero también de defensa de la industria. En el informe
Top Risks 2026 del
Eurasia Group aparecen ideas valiosas sobre las vías de inseguridad emergentes. Una de ellas se presenta así: “
China apuesta por los electrones.
Estados Unidos, por las moléculas. Este año, empezaremos a ver quién tenía razón”.
Europa, diría yo, apuesta por el diseño y el propósito. Ojo, no es una mala tirada.
En 2010, China era posiblemente la economía más dependiente de combustibles fósiles del planeta. Hoy, es, con diferencia, el mayor consumidor y productor de energía limpia: el primer "electroestado". Es el resultado de décadas de política industrial, fabricación a gran escala y reducción de costes: el precio de la pila eléctrica ha caído un 99% desde 1990. Estados Unidos, por su parte, ha consolidado su estatus como el mayor petroestado del mundo, tras superar a Arabia Saudí en 2018, con 13,5 millones de barriles de petróleo al día.
“Washington pide al mundo que compre energía del siglo XX, mientras Pekín ofrece infraestructuras y equipos del siglo XXI”, dice el informe. Adoptar la tecnología china conlleva desventajas, como riesgos de ciberseguridad, pero muchos optarán de todos modos por ellas por su bajo precio, tal como hicieron con los equipos de telecomunicaciones de Huawei hace una década.
“El dominio de China sobre el sector electroindustrial podría ser decisivo para impulsar e implementar la IA a gran escala, ya que requiere enormes cantidades de electricidad para su entrenamiento y funcionamiento, y Pekín produce 2,5 veces más electricidad que EEUU”, añade.
Otra vía de inseguridad: el agua se está convirtiendo en el recurso compartido más disputado del planeta. En 2026, “la presión de la demanda se intensificará, el vacío de gobernanza se profundizará y el agua se convertirá en un arma poderosa en varias de las rivalidades más peligrosas del mundo, así como en una herramienta para que actores no estatales exploten la debilidad del Estado. Lo que era una crisis humanitaria se está convirtiendo en una amenaza para la seguridad nacional”.
Aproximadamente la mitad de la humanidad vive con estrés hídrico durante al menos un mes al año y 1.800 millones de personas se enfrentan a una escasez absoluta. Casi dos tercios del agua dulce mundial cruza fronteras nacionales, pero tres quintas partes de las 310 cuencas fluviales internacionales carecen de un marco para gestionar las disputas. A diferencia del clima, el agua no tiene un proceso global equivalente, no hay objetivos vinculantes, ni un mecanismo de cumplimiento.
Ambos asuntos impactan directamente en la competitividad de nuestra economía. No podemos descubrir, dentro de una década que el sector electroindustrial español y la gestión del agua de España dependen, como ahora las telecomunicaciones, de la tecnología de un país ubicado en el lado equivocado de la batalla por la hegemonía global. Un pulso titánico que no se dirimirá probablemente antes de 25 años, según me aseguró en Pamplona, durante una charla nocturna, el teniente general Gan Pampols.