Surfear con inteligencia la burbuja de la IA
Sobre las condiciones que se reúnen para el estallido de la burbuja de la inteligencia artificial (IA) algunos venimos escribiendo con cierta regularidad los últimos dos años. Lo que suceda estará muy vinculado a la descomunal cantidad de dinero líquido estancado que existe hoy en el mundo y, sobre todo, a la incapacidad del sector tecnológico, de consumo e industrial para encontrar un modelo de negocio realmente rompedor para esta tecnología.
El dato que cita Ben Thompson en su blog es incontestable: una empresa que factura hoy 13.000 millones de dólares (ni siquiera estaría en el top10 español), OpenAI, lleva comprometida financiación para infraestructuras por valor de 1,4 billones de euros, y subiendo. Cierto es también que a estas alturas resulta ya imposible desvincular el proyecto de Sam Altman de gigantes como Microsoft, Intel o la propia Nvidia, lo cual equilibra un poco la balanza.
La lectura es que no resulta fácil simplificar el intrincado momento actual. Que vaya a explotar o no la burbuja, es otra cosa. Dependerá de que quienes realmente pueden pincharla estén interesados en hacerlo y escojan el momento adecuado. Ahí hay poco que hacer. No conviene olvidar la frase de Keynes: “los mercados pueden permanecer irracionales por más tiempo del que usted puede permanecer solvente”, así que no nos precipitemos.
Scott Galloway sostiene que “aún faltan dos años para que la burbuja estalle… los economistas predijeron a la perfección la implosión de las puntocom, pero la pronosticaron en 1997, antes de que las acciones subieran otro 30% o 40%”. Dos años en el sector tecnológico de 2025 no son dos años de finales de los 90, ni de lejos, para bien o para mal. ¿Por qué no una Guerra de las Galaxias contra China como la de los años 80 contra Rusia? Mi conclusión es que el único cuñado al que deberías prestar atención en torno a la burbuja de la IA sería aquel que ocupa despacho en un fondo bien informado de Wall Street o Silicon Valley. Lo demás, charla de café.
Sin embargo, hay una derivada de la situación actual a la que sí podemos y debemos prestar atención. Ben Thompson pone el debate en el contexto del estallido de otras burbujas tecnológicas anteriores en la historia, siguiendo los análisis de la profesora Carlota Pérez y de los autores de Boom: Bubbles and the End of Stagnation, Byrne Hobart y Tobias Huber. Su perspectiva es que hay que aprovechar los beneficios de un momento como este.
La primera ha puesto de manifiesto que las burbujas generan capacidad física, es decir, infraestructuras, que de otro modo no se habría desplegado a la misma velocidad. La era digital que disfrutamos, por ejemplo, discurre por fibra óptica instalada que instalaron empresas en quiebra.
Hobart y Huber apuntan, en una línea similar, que las burbujas sirvieron para añadir capacidad cognitiva, gracias a su capacidad para movilizar la innovación de personas y compañías en sectores muy diferentes, todos remando en la misma dirección y al mismo tiempo, con una creencia compartida.
Los efectos de esa acción colectiva no orquestada son, a menudo, impredecibles. Para superar a Netscape, Microsoft lanzó en 1999, en plena burbuja de las puntocom, una propuesta innovadora, el XMLHttpRequest, que permitía interactuar con una página web y actualizarla automáticamente, sin recargarla. Irónicamente, eso creó también las condiciones para acabar con el dominio de Windows y gestar, entre otras, la revolución de los smartphones.
A nosotros, como europeos y españoles, nos interesa a corto plazo seguir ambas pistas. A estas alturas, no hay ninguna duda de que la explosión de la IA va a requerir una revolución energética absoluta, tanto en la parte de generación (Amazon, Meta, Google y DOW aparecen entre los firmantes del llamado “Compromiso de los Grandes Usuarios de Energía”, que apoya el objetivo de al menos triplicar la capacidad nuclear mundial en 2050); como en la de redes de transporte y distribución (este año, la Agencia Internacional de la Energía ha señalado como necesario añadir o renovar más de 80 millones de kilómetros de redes hasta 2040 en todo el mundo, el equivalente a toda la infraestructura existente…). Esta sería la parte de infraestructuras.
En cuando a la parte de conocimiento, una enorme cantidad del dinero que se gasta en IA en la actualidad se destina a la compra de GPU, en particular de Nvidia. Pero los chips no son una infraestructura que perdure, las empresas necesitan renovarlos, dada la velocidad a la que avanza la tecnología de procesamiento. La clave en la cadena de valor de los semiconductores se encuentra en las foundries (las plantas de producción de chips), y en los servicios de diseño, ensamblaje, testing… a todos ellos se destina el otro gran paquete de inversión asociado a la burbuja, el identificado por Hobart y Huber.
Energía y cadena de valor de los chips. En ambos casos, si la burbuja de la IA contribuye a desatascar la llegada de inversión a la economía y ayuda a simplificar los trámites administrativos para la concesión de ayudas, la burocracia pública y la regulación, ese cepo narcotizante de la innovación, vaya, bienvenida sea. Surfeemos esa ola. Cuando rompa en el mar, no estaremos entre los grandes beneficiados del estallido, obviamente, porque nos hemos quedado descolgados de la carrera, pero sí habremos resuelto algunos de nuestros problemas actuales.

Eugenio Mallol

